Se hizo la luz

Photo by Moa Karlberg
(«Hundred Times The Difference», por Moa Kalberg).

ser mujer es ser máquina

escáner y fotocopiadora

dar a luz es necesario

bendición y sacrificio

 

sabrás que está embarazada

cuando tenga una panza cuadrada

de su vagina emane tinta

su vientre se parta en dos y saque palabras

su hijo está hecho de células / un retrato de vidas pasadas

la pelvis se

a

      b

  r

     e

tiene forma de corazón que se abre

emana ríos / lagos / mareas

lágrimas hechas de agua de vida

por las piernas le corre el alma

fragmento suyo que regala al mundo

que se nutre de otros espíritus

tan humano

natural

animal

 

la gente corre quiere ver al niño

es un cuerpo por eso lo leen

inhalando encima ni ella lo entiende

la condición de madre no trae diccionario

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Edades

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Sofia Fanego por Mario Zanaria.

Tengo 16 y creo que me ama porque le gusta la música que le mando. Fue la primera en recorrerme como se recorren los amantes y su tacto casi imperceptible me quita el sueño cada noche. No me abraza cuando nos vamos a dormir pero sé que muy dentro me ama. Tan adentro que no lo ve.

Tengo 17 y creo que me ama porque me contó toda su infancia en una madrugada. Recortó un rizo directo de mi cabeza para guardarlo en su caja de recuerdos mientras Alanis Morrissett sonaba al fondo. Me ama aunque no quiera besarme, porque el amor no son cuerpos pero sí sentidos. No todos los sentidos, con un par basta.

Tengo 18 y creo que me ama porque me lo dice. Con una sonrisa vacía pero me lo dice. Nunca en público, donde la vergüenza vence al amor. Me dice que me ama con la boca y no con los ojos. Lo afirma bajito desde el asiento del conductor, el único espacio en el que parece que su amor florece.

Tengo 19 y creo que me ama porque me compra cosas y me toma la mano en la calle. Su tacto no me genera nada pero al menos la vergüenza ya no es cotidiana. Dejo que me ame a ver cómo se siente pero es casi incómodo. No me acostumbro a que me quieran con los ojos y no con las manos.

Tengo 20 y creo que me ama porque se lo dice a los demás. Yo no recibo el mensaje, pero la gente parece contenta con la idea. Afirma que le gustan las cosas de las que siempre se queja, así que al menos mi larga lista de defectos no se ventila. Por las noches, el silencio que me exige finalmente se apodera de mí.

El evento literario que se convirtió en uno de los peores días de mi vida

«El que calla, otorga».

El Premio Nacional de Literatura de Venezuela fue entregado por primera vez en 1948. 28 años y 36 hombres fue lo que tuvo que esperar el país para reconocer el trabajo de Antonia Palacios, la primera mujer en recibir dicho premio. Después de ella, sólo otras diez mujeres han sido homenajeadas con este premio, en cuyas listas a veces ni se incluye a Esdras Parra, la única mujer transgénero que lo ostenta. Esto arroja que, de todos los premios, sólo el 15% han sido entregados a mujeres. Es una imagen que contrasta con cualquier visita a las aulas de la Universidad Central de Venezuela, donde las estudiantes de Letras sobrepasan en número a sus compañeros masculinos. ¿Escriben menos o peor las mujeres? Cualquiera con dos dedos de frente sabrá que la respuesta es una rotunda negativa. La pregunta que realmente hay que hacerse entonces es ¿por qué hay espacios de la literatura venezolana donde no se reconoce a las mujeres?

A mediados del año 2017 recibí una invitación para publicar en la revista POESÍA y para participar en el XV Encuentro Internacional de Poesía organizado por la Universidad de Carabobo, invitación que me hizo sumamente feliz. Mi respeto por el departamento, sus integrantes, la revista y el evento no me dejaba creer que a mis minúsculos 22 años estaba siendo considerada para un evento y una publicación de tal magnitud. Me pidieron una muestra de mis textos para incluirme en la revista, y me aseguraron que todas mis necesidades durante el encuentro se verían atendidas. Mi publicación se hizo en septiembre, una acertada selección delicadamente diagramada que me llenó de alegría, mientras contaba ansiosa los días que me separaban del evento.

El transporte de la universidad vino hasta Caracas a buscarme el 31 de octubre en la mañana, el día de mi recital. El encuentro se hizo en el marco de la FILUC, una de las ferias literarias más importantes del país. Absolutamente todo (movilización, alimento, estadía) estaba cubierto por el evento. Compartía habitación con una poeta que adoro, la comida era deliciosa, había reuniones casuales de poetas en el lobby del hotel y estábamos felices. El encuentro estaba diseñado para eso: disfrutar, encontrarse, leerse y escucharse.

Desde el instante que pisé el conjunto ferial empecé a recibir comentarios que me hicieron sentir incómoda e intimidada. Habituada como estoy a que me hagan observaciones por la forma en la que visto, o simplemente por ser identificada como un ser con vagina, hice caso omiso de la mayoría. Comentarios como “qué bella estás” o “eres un ángel” pueden llegar a ser bastante violentos según el tono y la intención con la que se digan, pero sólo las víctimas de acoso entienden por qué la primera opción (la peor de todas) siempre es callar. Mi cabeza estaba enfocada en el recital más importante de mi corta carrera, en el que compartía mesa con gente que admiro a profundidad. Cuando por fin nos tocó leer, fue simplemente mágico. El entretejido energético que manejamos es imposible de describir y de sólo recordarlo vuelvo a temblar. Nunca me había sentido tan apreciada y valorada literariamente como en ese momento, y por primera vez en toda mi vida pensé que era así como quería sentirme siempre, que era ese el camino para mi felicidad.

Mi recital era la última actividad del encuentro, así que decidieron festejar el cierre con una fiesta. Como tenía mucha hambre, pedí que me llevaran al hotel primero para poder comer, por lo que cuando terminé y me trasladaron a la reunión, ya todos habían empezado a tomar alcohol y conversar. Lo primero que vi fue que entramos al porche sin luces de una especie de casa que obviamente no fungía las funciones para la que fue construida. Ya me habían comentado que nos dirigíamos a la imprenta de la universidad donde se editaba la revista POESÍA, un lugar que luego descubrí que se escapaba de todo tipo de convencionalismo. Cuartos repletos de libros, una cocina al fondo, un jardín central, una sala con archiveros y una colchoneta en una esquina resumían el lugar. Me ofrecieron licor, que negué porque no tomo, y sólo pedí que pusieran música. Rápidamente noté, sin embargo, que la dinámica era otra. Vi a grupitos de gente que no conocía bebiendo y fumando escondidos entre las sombras de una fiesta en la que el número de hombres doblaba al número de mujeres. Desorientada como me encontraba, y cansada a pesar de la euforia, sentí de repente una mano que tomaba la mía y una voz que me pedía que la acompañase. Me di cuenta que era uno de los participantes y organizadores del encuentro, miembro editorial de la revista, y accedo. Junto a otros dos organizadores y dos muchachas que no conozco me invitaron a sentarme en la acera frente a la casa, en medio de la completa oscuridad.

Inmediatamente todos, menos una de las muchachas, empezaron a hacer preguntas o a llamar mi atención a la vez. Me sentía muy aturdida con tantas voces entre la oscurana y les pedía que se tomaran tiempos para hablar o que hicieran una pausa mientras respondía. Junto a mí se encontraba sentado uno de los organizadores, con quien había intercambiado sólo un “mucho gusto” algunas horas antes. En avanzado estado de ebriedad y con su esposa a escasos metros de distancia, empezó a hablarme al oído. Entre su balbuceo y mi confusión, trataba de responder todas las preguntas a la vez. Me tomaba de las manos, del cuello y de la cintura para que me acercara a él mientras interrumpía violentamente las conversaciones que mantenía con las otras personas sentadas con nosotros. Empezó a preguntarme acerca de mi vida privada y de si yo sabía que “era la mujer más atractiva de toda la fiesta”. Claramente incómoda, contestaba de forma tajante e intimidada sus preguntas para que simplemente me dejara en paz, porque cuando no respondía empezaba a insistir. Dejó de interrogarme para hacer afirmaciones acerca de que yo “estaba buenísima”, “claramente sabía lo bella que era”, “ese vestido me quedaba hermoso”, “olía rico”, “mi cabello era salvaje”, y “de todas las mujeres en esa fiesta cualquiera querría quedarse conmigo”. Paralizada como estaba, de repente me preguntó si estaba incómoda. Respirando por primera vez en un buen rato, respondí que sí, mucho, que por favor dejara de abordarme de esa forma. Pensaba que se acabaría todo, pero la segunda tanda de comentarios íntimos no esperó para llegar, sólo que esta vez empezaban con un “sé que estás incómoda, pero”. Cada vez estaba más cerca de mi cara, sentía su aliento húmedo en mi oreja mientras el asco y el terror me invadían y mis negativas no lo detenían. Alguien vino a decir que era peligroso que estuviésemos sentados ahí así que me levanté para refugiarme dentro de la casa.

Volví a pedir música. Quería sacudirme el mal momento y dejarlo en esa acera, disfrutarme y celebrarme así dependiese sólo de mí. Finalmente empezó a sonar salsa y otro de los organizadores y participantes del encuentro (que estaba sentado conmigo afuera hace rato) decidió sacarme a bailar. No tardó absolutamente nada para empezar a recorrerme con sus apremiantes manos mientras me apretaba para estar más cerca de él. Yo trataba de mantener un espacio prudencial entre nosotros para poder bailar cómodamente y respetar el espacio personal de ambos, pero seguía manoseándome la cintura y la espalda mientras me obligaba a acercarme a su torso. “Me dijeron que te gustan las mujeres” fue la primera frase que le escuché decir mientras me hacía girar a mitad de la sala. Era una persona cuya cara no conocía hasta ese día, por lo que la afirmación (nunca pregunta) me agarró fuera de base. Decidí guardar silencio porque no estaba interesada en mantener esa inquisitoria conversación, sólo quería hacer el intento de bailar. Otras personas también querían bailar conmigo, pero de alguna forma él se las arreglaba para que volviera a sus manos. “Estás demasiado buena”, “te estoy mirando desde que llegamos”, “entonces, ¿no te gustan los tipos?”, “¿no estarías conmigo’”, “me dijeron que eres feminista”, “estás demasiado hermosa”, “eres una negrota preciosa”, iba afirmando mientras sus manos se deslizaban por mi vestido y yo nuevamente me paralizaba. No entendía cuántas conversaciones había mantenido esta persona acerca de mi vida privada ni por qué, sólo sabía que no quería responder ninguna de sus preguntas. Me hablaba muy cerca del rostro mientras seguía tocándome y yo nuevamente sólo me paralizaba. Ante el temor de arruinar la fiesta, sólo callaba o reía de los nervios. Le dije que no me gustaban sólo las mujeres, por lo que preguntó si era bisexual. Cuando le dije que no, siguió preguntando que qué me gustaba entonces. Mi silencio se convirtió en negaciones frontales, pero eso no lo detenía. Su reiteración con respecto a mi orientación sexual me desagradaba, pero el tono soez y a la vez lleno de sorpresa con el que me decía que “estaba chévere” o que “tenía unos labios bellísimos” fue lo que finalmente logró hacerme reaccionar. Después de muchos intentos, logré zafarme de él decidiendo que no iba a bailar más, con él ni con nadie.

Aún no era medianoche cuando el grupo de gente se redujo y las puertas de la casa se cerraron. Quienes se quisieran quedar se quedaban y yo seguía esperando ingenuamente, entre licor y comentarios abusivos, la celebración que me habían prometido. Hasta este momento nunca entendí por qué veía que los hombres se reunían todos en el pasillo a cuchichear en privado como alguna fiesta liceísta con disminuidas capacidades grupales de interacción con el sexo opuesto. Las mujeres que quedamos propusimos juegos de fiesta que nunca triunfaron entre quienes llevaban el timón de la reunión, hasta que alguno de los hombres salió de la cocina con una botella de cerveza. Creo que la última vez que jugué la botellita mi edad no alcanzaba los dos dígitos, y automáticamente me pareció una mala idea. No había avanzado mucho el juego cuando me encerré en una de las habitaciones a hablar por teléfono, pero ya había presenciado gente lamiendo cuellos o haciendo preguntas absurdamente personales. Todo se tornaba cada vez más incómodo, y mis ganas de irme de la reunión iban en aumento. No podía abandonar la casa por mi cuenta a mitad de la noche en una ciudad completamente desconocida para mí, así que sólo me quedaba esperar que alguna de las personas que me llevó a la fiesta me regresara al hotel.

Me buscaron porque finalmente era hora de irnos. El carro de regreso a Caracas salía en un par de horas y debíamos ir al hotel a desayunar y recoger nuestras pertenencias. Otro de los organizadores preguntó si tenía que llegar ese mismo día a la ciudad porque querían irse a la playa y la privación de sueño sólo me llenó de silencio. Mientras esperaba a que me dijeran quién me iba a llevar al hotel, el segundo acosador volvió al ataque. Cuando siguió preguntando si sólo me gustaban las mujeres le dije que no, que tenía novio. “Qué chimbo, ¿y no te puedes ir a dar unos besos escondida conmigo en el baño?”, me susurró muy cerca del oído mientras mi cara hinchada denotaba que había pasado un par de horas llorando en una de las habitaciones, asustada, queriendo huir. Mi negativa la firmé levantándome del muro donde estábamos sentados. Quise pensar que mis ganas de llegar al hotel a bañarme eran producto del cansancio y no de lo asqueada que estaba de existir bajo mi propia piel en ese momento.

Regresé a Caracas cansada y deshecha, sin saber muy bien por qué me sentía tan mal después de una experiencia tan importante como esa. Asumía que era la carretera y el desvelo, pero el paso de los días no se llevaban esa sensación. Cuando me preguntaban cómo me había ido en Valencia, a pesar de haber ocurrido tanto, mi respuesta eran cuatro letras: “bien”. Mientras recordaba con más detalle lo que había ocurrido en la fiesta, menos hablaba. Sentía que tenía que ocultarlo todo, todo lo que me habían dicho, cómo había reaccionado, incluso qué llevaba puesto. Logré finalmente contarlo, y fue que pude exteriorizar y comprender realmente lo que había ocurrido: había sido víctima de acoso.

Dolor, vergüenza, asco, incredulidad, miedo; decenas de sensaciones cruzaban mi cuerpo a la vez, una más triste que la otra. Como feminista activa políticamente, conozco la defensa que el Estado me proporciona ante estos casos, y también sé que no es mi culpa, que no debo sentir temor o pena, que no depende de lo que vista y que no hay forma de justificarlo. En teoría es sencillo, pero en carne propia es una mierda. Empecé por conversarlo con mis allegados, asesorarme legal y psicológicamente. Quería pensar en frío y saber si había algo que podía hacer para sentirme mejor y procurar que esto no volviese a ocurrir ni conmigo ni con nadie. Decidí acudir al Departamento de Cultura de la Universidad de Carabobo, quienes me habían invitado para el evento y para quienes trabajan las personas involucradas. Mi seguridad no sólo era su responsabilidad durante toda mi permanencia en la ciudad a la que ellos mismos me habían trasladado, sino que quienes lo dirigen se encontraban en el lugar de los hechos mientras esto ocurría. Redacté una carta que explicaba lo ocurrido y, valiéndome de la Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia que además anexé al documento, pedí algo tan sencillo y humano como una disculpa de parte del departamento y de los involucrados.

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Comunicado 2

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Fragmentos del comunicado enviado al Departamento de Cultura de la Universidad de Carabobo

Le avisé a quien dirige el departamento que le había enviado un correo, así que el documento se leyó de inmediato. Insistentemente trataron de comunicarse conmigo de forma directa y personal a través de llamadas y mensajes de texto, a lo que me negué. No quería hablar por teléfono de lo ocurrido, pedí que la comunicación se mantuviese por los canales regulares para evitar malentendidos y así le encontráramos una solución eficaz al problema. Por mensaje de texto se me hizo saber que el documento sería consultado con los asesores jurídicos de la universidad y confié en que resolveríamos rápidamente. Al día siguiente recibí una respuesta por el correo personal del director que me hizo romper en llanto. “Era un problema personal”, así que el Departamento no se haría cargo de eso. Total, ¿qué tan grave puede ser un simple acoso?

 

 

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Respuesta del Departamento ante mi comunicado
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Mi respuesta al correo en el que solicito que mi publicación sea removida de la página de la revista

Quedé rota, llena de desesperanza. Lloré más de lo que lloré la noche de la fiesta. Había puesto toda mi confianza sobre una institución académica honorable a la que le tengo gran respeto y me habían vuelto a fallar. Me negaba a creer que a nadie le importase, pero mientras los días pasaban y lo comentaba con más personas, recibía palabras de aliento y apoyo. Un gran amigo me recomendó que hablara directamente con los organizadores de la FILUC, ante quienes deben responder los organizadores del encuentro. Era un equipo de mujeres, y supuse que el nivel de empatía aumentaría porque todas las mujeres sabemos de acoso en cualquier aspecto de nuestras vidas. Me volvió parte de la esperanza al cuerpo, pero no quise ilusionarme por si la decepción regresaba. Envié una carta a la organización explicando lo ocurrido así como mi acercamiento al Departamento y la respuesta que había recibido de su parte, pidiendo consejo y ayuda.

 

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Correo que envié a la directiva de la FILUC solicitando apoyo

La respuesta de los organizadores de la feria tardó un par de días en llegar y la espera no valió la pena. Recibí exactamente la misma respuesta dos veces. “Era un problema personal”, por lo que “no había nada que pudiesen hacer”. Mi ingenuidad había vuelto a jugar en mi contra y ahora me encontraba mucho más sola y avergonzada que una semana antes. Absolutamente todas las autoridades que debían procurar mi responsabilidad, las únicas con el poder de ayudarme y responder por mí, me dieron la espalda sin pensarlo ni un instante.

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Respuesta de la directiva de la FILUC

El que calla, otorga, en especial cuando mi resguardo durante todo el evento dependía enteramente de estas personas que decidieron argumentar que, como lo ocurrido se desarrolló “fuera del recinto ferial”, no estaba contemplado dentro de sus responsabilidades. La gravedad de esa declaración radica en que, ocurriera donde ocurriera, la facilidad con la que se deshicieron de mí indica que realmente no les importaba lo que me pasara. ¿Cuál habría sido su respuesta si me hubiese visto envuelta en un acto de violencia física, si me hubiese enfermado, si hubiese tenido un accidente? Era una invitada de otra ciudad que no conocía nada a su alrededor, que estaba en las manos de las personas que la trajeron hasta la feria desde el instante que abandoné mi casa hasta el momento en el que regresara, ¿cómo alguien querría aceptar nuevamente alguna invitación de gente a la que realmente no le importa lo que pueda ocurrirle a sus invitados?

Hay algo más allá de la simple irresponsabilidad, un problema que nos atañe a todos y que ha atascado a la literatura y sus dinámicas desde que las mismas nacieron. Este acto, o la falta de acción al respecto, es una gigantesca muestra de machismo y de nepotismo. Que mi agresión haya sido cometida y respaldada por hombres no es casual, hombres en posiciones de poder social y profesional que se cubren las espaldas entre ellos, hombres y mujeres que públicamente han demostrado años de amistad y prefieren callar que poner en riesgo sus tronos de cristal. Toda la luz que sentí sobre mi trabajo, sobre mi carrera, se disipó: ¿cuál era la verdadera intención de mi invitación a este evento? Hubo un momento justo al terminar mi recital que esclareció esa sensación que tenía y que no podía nombrar: se reunieron para una foto grupal, y en ella estaban aproximadamente 20 hombres. Las únicas cuatro escritoras invitadas no fueron llamadas para la foto, nuestra presencia era prescindible, no hacía falta recordarla. ¿Éramos barajitas intercambiables con las que los varones juegan? ¿Nos invitaron por nuestro aspecto, por nuestra edad, por lo que creían que podían hacer con nosotras? ¿Por tener algo con lo que entretenerse?

El trabajo de las escritoras no se toma en cuenta porque a las mujeres no se les toma en cuenta. Incluso trabajando como iguales, siguen siendo meramente objeto de deseo y diversión. Al escritor se le pregunta por su proceso creativo o el discurso que maneja, a la escritora se le pregunta si sabe bailar. En el mundo de la gente que se cree superior al resto de la población por leer a Dostoievski en su idioma original aún no han llegado al siglo XXI, y las dinámicas hegemónicas sólo son problematizadas a través de muros de Facebook. A puertas (ni tan) cerradas, la realidad es que el acoso, el abuso, la manipulación y la objetificación son la rutina de todas las mujeres involucradas en la literatura. Nos han invitado o dejado de invitar a eventos por nuestro aspecto, nuestro estado filial, incluso por nuestras opiniones. Nos han incluido sólo por ser parte de la “literatura femenina”, una subcategoría de La Literatura (sistema enteramente masculino mucho más válido que el resto), nos han incluido a ver si con eso logran convencernos de tener una cita con ellos, nos han reducido si les parece que somos demasiado bonitas para ser escritoras. Son muy pocos los espacios donde podemos existir como escritorxs, sin género, y generalmente son propiciados por mujeres.

Hemos sido amenazadas, disminuidas, hipersexualizadas, coaccionadas para guardar silencio, silenciadas cuando nos atrevemos a hablar. Hemos sido intimidadas, nos han dicho que no podremos continuar nuestras carreras si nos ponemos en contra de esto, pero ya no más. Pedí que mi publicación fuese retirada de la página de la revista, porque no quiero ser partícipe de una publicación que no me respete. Me niego a dejar que esto me siga ocurriendo, a mí y a mis hermanas pasadas y por venir. Mi trabajo es mi trabajo, y no voy a permitir que se asocie a mi aspecto o a mi capacidad para mantener el status quo. De ahora en adelante, me rehúso a trabajar junto a acosadores, me rehúso a seguir validando sus acciones, me rehúso a callar. Es hora de que me respeten no por ser mujer, no por ser escritora, no por ser bonita o fea. Es hora de que me respeten porque soy una persona, y valgo. Valgo mucho.

círculos

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“Tights, no. 10” por Daido Moriyama.

el consuelo está en la exploración de tus cavidades

me vuelvo arqueóloga / minera / exploradora

excavo / recojo / reconstruyo

trato de detener maremotos con mis muñecas

celebro el constante descubrimiento de especies

de aire y fuego cosas que suben

pudo haber caído Troya en nombre de tus cuevas

ni siquiera Verne se inventaría esta flora

que se extiende orgullosa entre tonos magenta

hecha sólo de sal y desmesura

«no pares», dices

«no dejes

de explorar».

Negligencia

Gabriela Handal
(Por Gabriela Handal)

dejé que las pestañas me crecieran hasta las rodillas
esperando que regresaras
que recordaras dónde estaba la última vez que me viste
navegando mis túneles con precisión nocturna
como un felino en el bosque
percibiendo lo inefable

estas lágrimas son un grifo dañado
una vez abierto no puede ser contenido
ahora mi bata de baño está roída
del día que me apuñalaste
y arranqué hebra por hebra
porque no podía quitarme
cabello por cabello

no dejaste ni uno

lo sé
sé que no te interesan las apariencias

Sentidos

sabe a sal como tus dedos

mojados de tanto quererme

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(Por Frédéric Forest)

la lluvia me recuerda a ti
se parece a mi cara cuando te pienso

suena igual que mi cabeza     llena de avispas
tratando de producir melaza entre tanto polvo

huele a momentos felices / en casa / en cama / en suelo

sabe a sal como tus dedos
mojados de tanto quererme

siento las gotas sedando mi piel
siento y veo y oigo y pruebo y nada
nada me dice si alguna vez creímos